Los bienes muebles e inmuebles

Los inmuebles, específica y propiamente dichos, son las tierras y edificios. Por concepto similar y ampliativo lo son también todas las cosas que con los inmuebles se relacionan o que dependen de los mismos, tales como los caminos y construcciones adheridos al suelo, así como el subsuelo y el espacio ambiental superior al suelo mismo; los árboles, las plantas, los frutos y cosechas pendientes mientras estuvieren unidos a la tierra o a los árboles formando parte integrante de una finca; todo lo que esté unido a un inmueble de una manera fija, de suerte que no pueda separarse de él sin quebrantamiento de la materia o deterioro del objeto; las estatuas, relieves, pinturas u otros objetos de uso u ornamentación, colocados en tal forma que revele el propósito de unidos de un modo permanente al inmueble; las conducciones de agua, de fuerza, de luz, los canales, oleoductos, máquinas, recipientes, instrumentos o utensilios destinados a la industria o explotación que se realice en el inmueble, así como los aparatos necesarios para utilizados, etc.

 

 

CONCEPTO DE INMUEBLE Y MUEBLE

 

De todos modos, en el orden positivo una cosa es como inmueble verdadero la tierra y el edificio, y otra cosa todos los demás elementos que se llaman inmuebles por su aplicación, como la valla de un cercado, la puerta de un edificio, la cosecha recién segada, la máquina elevador a de agua. Para aclarar bien las cosas, de aquí en adelante entenderemos por inmueble la tierra y las casas. Esta separación nos trae al estudio una diferencia esencial. ¿A quién pertenecen esos inmuebles? La respuesta his-tóricamente es una, salvo en tiempos muy remotos: al hombre. El hombre es el dueño de la tierra y toda la organización social depende de ese concepto. El hombre que tiene tierra propia o dinero para adquirida, es el amo de la sociedad. El que no tiene tierra propia ni dinero para comprada, es un mero siervo y vive siempre dependiendo del amo de la tierra. N o hay para él verdadera libertad y no es dueño de sus :acciones ni de sus iniciativas. Es libre d que es dueño de la tierra. El que no tiene tierra suya no puede mirar como cosa propia ni los palmos de terreno en que nace ni los palmos de terreno en que muere.

¿Cuál es la razón?: Muy sencilla. La única fuente legítima de la propiedad cs el trabajo. El hombre es dueño de aquello que crea y no lo es de aquello que la naturaleza le da creado. El viento, los depósitos y corrientes de agua, el calor, el sol, todo lo que la naturaleza brinda por ley elemental, son cosas que sólo a la propia naturaleza corresponden y que pertenecen a la sociedad, o sea al común de las gentes. ¿Se concebiría que un hombre fuese dueño del sol y entoldase toda una ciudad para privar de su luz a cuantos la habitasen? ¿Se entendería que fuese dueño del aire y amurallase el . curso del viento adueñándose de toda su frescura? Evidentemente, no. Si se quiere comprender más vivamente el ejemplo, debemos pensar en las corrientes de agua. Nadie podrá apropiarse íntegramente de un río. El río es de la sociedad, y los particulares podrán adueñarse, por concesión o por arrendamiento, tantos o cuantos litros o metros cúbicos, pero la parte de agua no arrendada seguirá siendo libre, a disposición de quien la quiera explotar.

No podrá haber nadie que diga: el Guadalquivir es mío, el Paraná es mío, el Río de la Plata es mío, yo puedo impedir a los demás que los usen. El Estado, como administrador de la sociedad, entregará mil metros cúbicos a un Ayuntamiento, para riegos, doscientos
metros a un particular, para cultivos, quinientos a una empresa industrial que explote un salto de agua, etc., etc. Así se irán ajustando las necesidades de todos y no habrá nadie que mire como cosa suya, enteramente, un caudal hi-dráulico. Con una advertencia muy esencial, y es que tanto el agua como la tierra suelen ir, con el tiempo, aumentando de valor y por virtud de la civilización, de las herencias, de la división de la propiedad y de otros mil fenómenos análogos, los bienes aumentan día por día su valor con beneficio del propietario, que no ha hecho nada para conseguirlo, porque las ventajas han sobrevenido sin que él haya puesto nada de su parte para lograrlas. Así, el que tenía un erial sin haber contribuído a mejorarle, se encuentra un día con que le instalan al lado un cultivo riquísimo y lo que hasta ayer fue un baldío, es desde hoy un vergel; el que tenía un solar inculto en las afueras de una población, se ve beneficiado con una obra de urbanización, y lo que hasta
ayer no valía nada en la ciudad, es desde hoy un barrio elegante, donde el terreno ha crecido de valor un mil por ciento. ¿Es lógico, es siquiera humano, que el dueño de la tierra vea aumentada de tal manera su fortuna, sin haber puesto nada de su parte para conseguirlo, o será más natural que logren la ventaja todos los propietarios que han contribuido a la obra común? Deducese, pues, que el valor de la tierra no es sólo del individuo sino también de toda la sociedad.

 

REGLAS PARA VALORAR LOS BIENES.

 

Si esto es lo justo ¿cómo deberá estimarse el valor de la tierra? La mecánica de esta valoración habrá de rendirse con sujeción a las reglas siguientes:

1 - Los propietarios de bienes inmuebles o de derechos reales sobre ellos tienen la facultad de deslindarlos y amojonarlos con citación de los colindantes, ateniéndose a los títulos de propiedad, por falta de ellos a lo que resulte de la posesión o a otros medios de prueba, y en ultimo término distribuyendo por. partes iguales entre los dueños contiguos lo que resulte de más o de menos.
Tendrán obligación de reparar o demoler las paredes, construcciones o arbolados que amenacen caerse o perjudicar a otras fincas, a la vía publica o a las personas. En caso de no hacerla, podrá realizarlo a su costa la autoridad municipal.
2 - Los frutos de las minas, de la tierra, de los árboles y de las plantas, son muebles en cuanto estén separados de su elemento productor y guardados. También lo serán las cosas accesorias en cuanto se aparten de su destino en el inmueble.
3 - Cuando se use la expresión de muebles de casa, alguna otra análoga o simplemente muebles, no se entenderán comprendidos en ella los libros, papeles, obras de arte, colecciones científicas y artísticas, medallas, armas, ins-trumentos de trabajo, joyas, granos, caldos, dinero o mercancías, sino simplemente el ajuar que amuebla y decora una casa y sirve para vivir en ella. Cuando se dijere en término genérico bienes muebles, se entenderá comprendido todo lo que expresa este capítulo sin más excepción que el dinero, los valores, los créditos y los papeles.
4 - Los bienes muebles son fungibles y no fungibles. Son fungibles aquellos que pueden consumirse con el uso y ser sustituídos por otros de la misma especie, calidad y cantidad; y no fungibles son los que no tienen esa condición.
5 - Los bienes son: De la sociedad. Del dominio publico. De dominio comunal. De dominio privado. De nadie.
6 - Los bienes naturales en cuya creación no ha intervenido la mano del hombre, como la tierra, las minas, las aguas y el aire, pertenecen a la sociedad, representada por el Estado, y no podrán ser objeto de propiedad privada, sino que se regirán por los preceptos siguientes:
7 - La explotación de la tierra será concedida por el Estado a quienes la soliciten. La concesión se hará por toda la vida del concesionario y la de su cónyuge, sus hijos o sus padres. Si el peticionario fuese una persona colectiva, nunca podrá durar la concesión más de cincuenta años.
Terminado en unos y otros casos el plazo de la concesión, la tierra volverá al Estado, el cual abonará el valor de las mejoras que hayan sido introducidas.

- El Estado podrá hacer la concesión de una de estas dos maneras:

a) Mediante concurso publico, entregando la tierra a quien ofrezca abonar anualmente un canon más elevado y revisable cada cinco años.
b) Mediante cesión personal directa a quien ofrezca mejores garantías de buena explotación, cobrándole como impuesto un tanto por ciento del valor de los frutos, no inferior al cinco ni superior al diez. En ningun caso cobrará nada como precio de venta. El solicitante expresará el objeto a que piensa dedicar la tierra, dentro del primer año de la concesión, y si así no lo hiciere, quedará anulada. La concesión se hará sin que el Estado atienda a que sea mayor o menor, pero en todo caso impedirá que las fincas constituyan latifundios- por su extensión y por el objeto a que sean dedicadas. Es natural que esto sea así, porque no es justo calificar el latifundio sólo por la extensión del terreno. Mil hectáreas para el cultivo de trigo o cebada pueden ser o no latifundio, mientras que cincuenta hectáreas para el apacentamiento de una ganadería son una porción insignificante. Como se ve, hay que tener en cuenta el fin a que se dedica la tierra.
 
Los actuales propietarios de la tierra serán respetados en su dominio y, después de ellos, su cónyuge, sus hijos o sus padres. Muertos todos ellos, las tierras volverán al Estado, el cual sacará a la venta en publica subasta lo edificado, plantado o sembrado y con el precio que obtenga abonará, hasta donde alcance, al anterior dueño, el valor de las mejoras que introdujo en el terreno, el valor de lo que edificó, plantó o sembró y un cinco por ciento de todo ello, como premio de afección. Si todavía sobrare ganancia, se la apropiará el Estado.